El pecado original del comunismo mexicano

(Por Luis Hernández Navarro)

Diego Rivera bautizó el mural que pintó en 1934 en el Palacio de Bellas Artes con un nombre tan largo como el de una novela breve: El hombre en la encrucijada mirando con incertidumbre pero con esperanza y una visión alta en la elección de un curso que le guíe a un nuevo y mejor futuro. En el centro del fresco colocó a un obrero poseedor de la energía eléctrica-biológica. A su izquierda representó al capitalismo y la lucha de clases. Y a la derecha mostró al mundo socialista. Allí, Lenin aparece llamando a la cohesión del proletariado mundial unificado, acompañado de Marx, Engels, Bertram Wolfe y Trostky.

Bertram Wolfe fue un revolucionario estadounidense amigo y biógrafo del pintor que jugó un papel fundamental en la formación del Partido Comunista en México y que, en 1924, fue como su delegado al v Congreso de la Internacional Comunista en Moscú. En su autobiografía escribió una anécdota, que le platicó Robert Haberman, otro estadounidense, asesor de Felipe Carrillo Puerto, el mítico gobernador de Yucatán, dirigente del Partido Socialista del Sureste asesinado por la contrarrevolución. Según Haberman, él le hablaba tanto y con tanta frecuencia a Carrillo Puerto sobre Carlos Marx y Federico Engels, que un día el mandatario le ordenó: “¿Y dónde están esos jóvenes? Dígales que se vengan para acá y les daré un puesto como asesores…”

Entre pintores, intelectuales, anarcosindicalistas y gandules

La presencia de Wolfe en el mural de Rivera no es un hecho casual. En la formación del Partido Comunista fueron fundamentales los slackers (gandules, en inglés) estadunideneses, que llegaron al país huyendo de la primera guerra mundial, y un indio: Manabendra Nath Roy. En los equipos dirigentes del comunismo mexicano abundaban los cuadros internacionales. A finales de la década de los años veinte del siglo pasado, el ucraniano Iulii Rosovsky fue secretario de organización; el venezolano Salvador de la Plaza, secretario de finanzas; Julio Antonio Mella, secretario de prensa y propaganda; el canario Rosendo Gómez Montero, editor de El Machete; el italiano Vittorio Vidali encabezaba el Socorro Rojo, y el estadunidense Russell Blackwell la Juventud Comunista.

La fundación del Partido Comunista en México camina de la mano del tiempo con la Revolución bolchevique. La constitución de ese partido en México es impensable sin la labor de los distintos enviados del partido de la iii Internacional, fundada en la Unión Soviética en 1919: Mijaíl Borodin, Sen Katayama, Louis Fraina y Charles Phillps.

Sin embargo, su surgimiento no puede explicarse por la sola acción de la Internacional. Según José Revueltas, el movimiento comunista en México se desprende de dos corrientes: el movimiento sindical, proveniente de las filas del anarcosindicalismo, germen de la independencia política de la clase obrera, y el de pintores e intelectuales de izquierda, entre los que estaba el mismo Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y Xavier Guerrero.

El naciente Partido Comunista se topó de frente con el enigma de la Revolución Mexicana. ¿Qué podían hacer los marxistas mexicanos para impulsar su propio proyecto de transformación política, si tenían frente a sí a personajes como Plutarco Elías Calles, que declaraba que él moriría envuelto en la bandera roja del proletariado? En los hechos, la relación entre la revolución bolchevique y la mexicana le resultó a los marxistas aztecas un acertijo muy difícil de descifrar.

Durante sus primeros años de vida, el partido volcó a casi todos sus militantes en el movimiento campesino, acompañando al agrarismo radical. Esto -según el autor de Ensayo de un proletariado sin cabeza– marcó su destino: ser el sector de izquierda de la revolución democrático-burguesa. Su pérdida de independencia con respecto al Estado fue, a partir de ese entonces (junto a su aislamiento del movimiento popular), su pecado original.

Pasarían muchos años antes de que los instrumentos del materialismo histórico le permitieran a los comunistas desentrañar la verdadera naturaleza de la Revolución Mexicana. El vendaval, la complejidad y la vitalidad del levantamiento armado de 1910-17 le dejó a los integrantes del PCM muy poco espacio de acción en las primeras tres décadas del siglo xx, no obstante que Alejandra Kollontái, embajadora de la Unión Soviética en México, haya dicho después de desembarcar en Veracruz, en diciembre de 1926, que “no hay dos países en el mundo de hoy que sean tan parecidos como México y la URSS”.

El fantasma del nacionalismo revolucionario

Salvo excepciones notables, el nivel teórico de los dirigentes comunistas fue muy precario, lo que dificultó que se constituyera (salvo durante el cardenismo) en un partido con verdadera influencia política. Más que por medio de lecturas, el marxismo se difundió en México masivamente a través de relatos que anunciaban el fin de una era de explotación y penuria y el advenimiento de una nueva sociedad. De las historias de las pugnas de la gleba a la narración de la construcción de la Unión Soviética, el comunismo se divulgó en conferencias, mítines y lecturas compartidas de la prensa partidaria.

Esta compleja y tortuosa relación entre las dos revoluciones persiguió a los comunistas mexicanos hasta su disolución como partido en 1981. A pesar del compromiso y entrega de centenares de abnegados militantes, la fuerza del nacionalismo revolucionario y el avasallante carácter popular del Estado nacido de la Revolución de 1910-17 lo acompañaron, condicionaron y atravesaron a lo largo de toda su vida, haciéndolo perder su rumbo, una y otra vez.

Ironías de la historia, incluso después de su desaparición formal, el fantasma del nacionalismo revolucionario ha seguido persiguiendo a quienes participaron en esta corriente política y optaron por disolverse. Así pasó con la emergencia de la Corriente Democrática de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988. Así volvió a suceder en 2018 con el triunfo de Morena.

Es hora, como le pidió el finado gobernador Felipe Carrillo Puerto a Robert Haberman, de traer a México a los jóvenes Marx y Engels, aunque no les ofrezcan chamba de asesores. Hacen falta para pensar y transformar al país. Como anunció Diego Rivera en su mural de Bellas Artes, nos encontramos “en la encrucijada mirando con incertidumbre pero con esperanza y una visión alta en la elección de un curso que le guíe a un nuevo y mejor futuro”. Y, en la definición de este nuevo rumbo alternativo, la herencia comunista tiene mucho que decir, siempre y cuando se deshaga, de una vez por todas, de su pecado original.

Fuente: LA JORNADA SEMANAL

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Luis Hernández Navarro
Luis Hernández Navarro (Ciudad de México, 1955) escritor y periodista, coordinador de la sección de Opinión del diario La Jornada. Colabora en publicaciones como The Guardian y Carta Maior. En los años 70 fue organizador de sindicatos independientes. Fundador de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Asesor de organizaciones campesinas y cafetaleras. Participó en los diálogos de San Andrés entre los zapatistas y el gobierno y fue secretario de la comisión de Seguimiento y Verificación para los Acuerdos de Paz de Chiapas. Entre sus ensayos pueden destacarse: Chiapas: la guerra y la paz (1995), Sentido Contrario (2007), Cero en conducta. Crónicas de la resistencia magisterial (2009), Siembra de concreto, cosecha de ira (2011) y No habrá recreo. Contra-reforma constitucional y desobediencia magisterial. (2013). Twitter: @lhan55