Una reflexión sobre el intento de magnicidio contra el presidente Nicolás Maduro, la creciente paramilitarización de la política y los orígenes y los alcances de la violencia en América Latina y el Caribe.

 

Más de 300 líderes y lideresas asesinadas en Colombia desde la firma de los acuerdos de paz en La Habana. La prisión política de Lula da Silva, y las posibilidades abiertas de una próxima elección asentada en mecanismos proscriptivos (un auténtico deja vú para todos los argentinos memoriosos que recuerdan los tiempos de la Resistencia Peronista). Los aceitados engranajes del law fare, con un envalentonado partido judicial que tras tumbar a Dilma Rousseff en Brasil, procura acorralar a las figuras de CFK en Argentina, Mauricio Funes en El Salvador, Rafael Correa en Ecuador y a otras referencias populares. La impune sucesión de golpes de estado en lo que va del siglo: Haití en 2004, Honduras en 2009, Paraguay en 2012, Brasil en 2015. Las razzias perpetradas en Bolivia por la oligarquía blanca y el intento separatista de los estados ricos de la llamada “media luna” en el marco de los debates constituyentes en el año 2008. El genocidio a cuentagotas por parte de los narco-estados o de opacas fuerzas paramilitares en países como México, Colombia o El Salvador, sintetizados en el pavoroso hallazgo de una fosa común donde quiera que se cave un pozo. La creciente militarización interna, con la ocupación experimental de Río de Janeiro en Brasil, la militarización de la Araucanía chilena en la guerra sucia contra los mapuches, o con el reciente cambio de la doctrina militar en la Argentina. La militarización a escala continental, a través de los nuevos convenios de cooperación militar amparados en la presunta lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, la reactivación del Comando Sur y la Cuarta Flota, la proyección de nuevas bases yankis en la región y el ingreso de Colombia a la OTAN. Los asesinatos dolorosos de emblemáticos líderes indígenas, negros y populares como Berta Cáceres en Honduras, Marielle Franco en Brasil, o Robert Serra en Venezuela.

Y ahora, tras el repertorio combinado y extenso de agresiones contra la Venezuela bolivariana (golpe de estado, paro petrolero, guerra económica, guarimbas, etc) la tentativa flagrante, torpe, desesperada, de asesinar al presidente de la república y principal líder popular de toda la región. El fallido intento de magnicidio contra Nicolás Maduro se dio a través de cargas explosivas alojadas en dos drones que reventaron cerca de la tarima donde se encontraba el presidente y la plana mayor de las fuerzas armadas, en el marco del 81 aniversario de la Guardia Nacional Bolivariana. No se trató ni de los “ruidos” de los que habló la CNN, esa oficina de prensa de la CIA, ni del “autoatentado” o “explosión aislada” que mencionó la Associated Press en sus maniobras distractivas.

Pero esto pretende ser más que un recuento de injusticias y calamidades. Se trata, más bien, de numerosos síntomas del desplazamiento hacia nuevas formas de la confrontación política en América Latina y el Caribe. Desplazamiento inducido, unilateralmente, por las burguesías locales y trasnacionales y las fuerzas imperialistas. Y eso que estamos hablando sólo de lo acontecido en esta tibia “primavera democrática” que atravesó nuestro continente en las últimas décadas (ocioso sería recordar el crudo invierno de la Operación Cóndor y el tendal de asesinados y desaparecidos por las contrainsurgencias). Hablamos, en fin, del estrechamiento creciente de la vía pacífica y político-electoral para la resolución de nuestras batallas. Ya en un texto sobre los acuerdos de paz de Colombia y el despunte de la violencia paramilitar en Venezuela, señalamos la paradoja de que el primer día de paz en un país pudiera coincidir con el inicio de la guerra en el otro. Hoy, un poco más pesimistas, sólo vemos a vemos el afianzamiento de la guerra como tendencia irrefrenable en varios países.

El marxista italiano Antonio Gramsci, en su formulación clásica de los momentos por los que atraviesa indefectiblemente la lucha política en el proceso de alza de las luchas populares, demarcó tres estaciones: un momento corporativo, un momento político, y un momento militar (o más precisamente político-militar). Sin embargo, el análisis de Gramsci partía de suponer que el arribo al resolutorio momento militar se vinculaba al alza de la lucha de masas y a la respuesta reactiva de clases dominantes que veían su hegemonía amenazada. En esta hora de Nuestra América, paradójicamente, es la radicalización endógena de las burguesías vernáculas y trasnacionales las que induce este arribo forzoso a un momento genéricamente militar, en el que coinciden dos procesos simultáneos: la judicialización y la paramilitarización de la política. Lo que no caiga a tierra con el martillo judicial, será golpeado con el garrote militar (siempre amparados claro, por la cobertura propicia de las cada vez más concentradas corporaciones mediáticas). Por su parte, las clases populares y sus instrumentos políticos procuran, acertadamente, reencauzar pacíficamente la lucha política, rechazando las provocaciones y porfiando en la vía democrático-electoral. Pero, como se sabe, hacen falta dos para jugar al ajedrez, y nadie seguirá jugando con las piezas desparramadas por el suelo.

A estos fenómenos se asocia también la emergencia a nivel global de una nueva derecha ultraconservadora, fascista, xenófoba y misógina que disputa la hegemonía a las fracciones burguesas neoliberales-globalistas. Sus exponentes han dejado ya de ser figuras residuales de la política latinoamericana y hoy tienen incluso buenas o moderadas proyecciones electorales (Bolsonaro en Brasil, Kast en Chile, Trujillo en República Dominicana, etc). El declive global de la hegemonía estadounidense y el completo reordenamiento de la geopolítica planetaria con el desplazamiento hacia el “oriente” de los mayores flujos de mercancías y capitales, no hará más que reforzar las líneas de acción político-militares de Estados Unidos en nuestra región, como contrapeso a la merma de su capacidad de influencia económica y diplomática. No hay ni recursos ni voluntades concertadas para la correa larga de las políticas del buen vecino o para las “Alianzas para el Progreso”. Para algunos, sin duda, ha sonado nuevamente la hora de la espada.

Sabemos que la historia está hecha de tendencias y estructuras, pero también de hechos de singular significación e importancia que actúan como lo que el marxista argentino Hernández Arregui llamó “fulminantes históricos”. Ayer pudo acontecer uno de esos hechos fulminantes que disparan la historia para adelante. Ayer, de concretarse el intento de magnicidio contra Nicolás Maduro, todo pudo haber cambiado, catapultándonos a un nuevo estadío de la lucha política en Nuestra América. Recordemos, por ejemplo, las secuelas aún presentes del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, que rompió para siempre la historia colombiana y sumió a la nación en uno de los conflictos armados más extensos del mundo. Un magnicidio es un crimen contra un pueblo, porque un líder popular es siempre una síntesis nacional y una aglomeración de anhelos. ¿Cuáles no serían los ánimos, ciertamente soliviantados, del populoso oeste caraqueño en estos momentos? Los venezolanos, pueblo bravo de bravos antecesores, ciertamente estaría volcado a las calles, enfurecido, y sordo a la cautela y las razones del estratega. Y la derecha, siempre gananciosa con el río revuelto, estaría aprovechando la confusión para desatar la anhelada guerra civil que no lograron imponer durante las últimas guarimbas. Muchas veces se ha comparado a Venezuela con el hostigamiento sufrido por el Chile de Salvador Allende. Haríamos bien de volver la mirada hacia Siria y a los demás países de Medio Oriente para atisbar la solución al “problema venezolano” buscada por el imperialismo y sus socios consulares.

Cuando dentro de cinco, diez o quince años, los sesudos intelectuales del establishment actualicen sus teorías del enemigo interno o de los “dos demonios”, y condenen enérgica y republicanamente la violencia desatada de las clases populares, será conveniente recordar esta breve síntesis de los acontecimientos. La violencia política, reactiva, de menor escala y diferida en el tiempo de las clases populares, será el saldo ineludible si no logramos revertir el progresivo angostamiento de las salidas democráticas. Pero no debemos hacernos grandes ilusiones. Si hemos de confiar en los lúcidos análisis de Gramsci y en la lectura de los ciclos históricos en América Latina y el Caribe, sabremos que, ya sea por el alza de la lucha de masas, o bien por la radicalización desesperada de las fuerzas conservadoras, el momento militar seguirá siendo una estación ineludible de la lucha política. Sería ingenuo, o más bien suicida, no tener eso en nuestro horizonte de hipótesis y posibilidades.

Pero, cuando el día de mañana alguien pregunte con ingenuidad o mala fe ¿quién empezó la violencia?, recordemos la zaga de los acontecimientos que nos llevan por el despeñadero de la guerra sin cuartel. Debemos ser conscientes de que vivimos en un momento histórico en el que la mercantilización de todas las esferas de la vida ha llegado hasta el colmo de mercantilizar la misma muerte, y de que las guerras civiles y el paramilitarismo con las condiciones de acumulación de sectores importantes de las clases dominantes. Ojalá todos tengamos la templanza de Maduro en los momentos decisivos, quién se mantuvo firme y sereno en el momento en que peligró su vida. Aún en medio de las tempestades, necesitaremos de esa calma para volver a encauzar por la vía menos dolorosa nuestros anhelos de justicia, paz, soberanía y socialismo.