Por Lautaro Rivara.

 

Bolear al toro

Hasta el toro más recio cae cuando se le bolean bien las patas. Y mientras más robusto sea, más dura es la caída. Eso es lo que hay que hacer con el imperialismo y sus bases de sustentación en la región, centralmente México y Colombia. El lazo, en esta oportunidad, puede ser la construcción de mayorías electorales progresistas encolumnadas tras las candidaturas de Manuel López Obrador en la nación azteca, y de Gustavo Petro en el país de los chibchas. Dos naciones que nunca rompieron ni cuestionaron sus respectivos consensos neoliberales en el tránsito de entresiglos, y que expresan hoy la modalidad más descarnada de las políticas neoconservadoras: el neoliberalismo de guerra. Centralmente Colombia, por su emplazamiento geopolítico en tanto nación fronteriza a la Venezuela bolivariana, ha sido una verdadera usina político-militar para las perspectivas del imperialismo en la región. Basta echar un vistazo a las bases estadounidenses operativas en Larandia, Tres Esquinas, Arauca, Puerto Leguízamo, Leticia y Florencia. Nadie puede alegar ingenuidad respecto a sus transparentes propósitos, tanto en relación a las reiteradas declaraciones injerencistas de la clase política colombiana, como al hecho de que estas bases conforman un arco estratégico orientado hacia una posible intervención sobre Venezuela, tal como consta en un documento del Comando Sur titulado “Operación Venezuela Freedom-2”.

Es imposible explicar sin estas reservas políticas diplomáticas, militares e incluso morales, la restauración parcial del neoliberalismo en la región. Solo así se explica la andanada de golpes consumados en la región (Haití en 2004, Honduras en 2009, Paraguay en 2012, Brasil en 2015); la eficacia de la desestabilización política y económica de Venezuela, que tiene en la frontera con Colombia su principal conducto para la fuga de moneda y el llamado “bachaqueo” (contrabando minorista); e incluso los recientes éxitos electorales del neoliberalismo en la Argentina de Macri (2015) y el Chile de Piñera (2018). Han sido estas naciones, articuladas en la llamada Alianza del Pacífico, las que han tejido los acuerdos fundamentales que permitieron la reciente estocada a la alternativa de integración continental estatal representada por la UNASUR. Desde esos puntos neurálgicos del imperialismo en la región, la ofensiva neoconservadora se ha relegitimado e irrigado por todo el continente, extendiendo hoy su mancha de aceite en los recientes entreveros de la Nicaragua del FSLN.

Sobre la cicatriz, la herida

La guerra en Colombia es una vieja herida que nunca cicatriza. Los antecedentes de esta guerra asimétrica se remontan a 1948, con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán y el Bogotazo, pero reconociendo lazos aún más antiguos con las escaramuzas rurales entre liberales y conservadores a comienzos de siglo, e incluso con antecedentes desde el desmembramiento de la Gran Colombia edificada por Simón Bolívar y repartida entre una miríada de oligarquías regionales. Como tal, se ubica entre los conflictos armados más antiguos de todo el planeta, junto con el de la región de Cachemira disputada entre la India y Pakistán, el genocidio israelí sobre la Palestina histórica, las disputas seculares entre las dos Coreas y la insurgencia del NPA, brazo armado del Partido Comunista de Filipinas. Como podemos intuir, todas excrecencias de las políticas colonialistas y neocolonialistas en algunos de los sitios más castigados del orbe. Incluso la insurgencia nacionalista vasca de la ETA dio su propio y definitivo adiós a las armas en este mismo abril, ya plenamente encauzadas las tentativas independentistas tras la política de la izquierda abertzale.

Sin embargo, ninguna confusa psicología militarista inclina a los colombianos hacia la guerra interminable, tratándose de un pueblo festivo y alegre en sus manifestaciones culturales, en las que algunos verán un combate velado a las consecuencias psicológicas de la guerra, y otros tan sólo formas evasivas. El conflicto armado tiene causas históricas y estructurales y también responsables evidentes. Alguien dijo alguna vez que en Colombia no hay terratenientes, sino narcotraficantes con vacas. Y la ironía puede ayudar a desnudar una de las causas profundas del conflicto: la existencia de una clase dominante, de histórica filiación rural y terrateniente, que ha edificado su poder sobre la tenencia de la tierra y las ganancias extraordinarias de la narco-economía asentada en la producción y distribución de cocaína. Un viejo principio de la teoría militar de la guerra de guerrillas establece que una guerrilla gana en tanto no pierde, y que un ejército regular pierde en tanto no gana. Pues bien, este conflicto ha desbaratado todos los manuales. Las clases dominantes colombianas, articuladas a las burguesías transnacionales, han convertido a la excepcionalidad de la guerra en su ámbito “normal” de acumulación y despojo. Produciendo, incluso, la emergencia de un tercer actor de relevancia: el paramilitarismo, derivado de la construcción histórica de ejércitos privados por parte de las oligarquías locales y regionales. Resulta entonces que soberanías parciales (la guerrillera, la paramilitar y la propiamente estatal) se solapan en un complejo palimpsesto en el que sin embargo las clases dominantes mantienen el control de la maquinaria estatal y el dominio territorial de las zonas cultivables más privilegiadas, prolongando así los ciclos de valorización de la tierra y del capital.

¿La justificación? La racionalización política de lo que se han dado en llamar la “lucha contra el terrorismo y el narcotráfico”. ¿Los aliados? Los Estados Unidos, a través del financiamiento del “Plan Colombia” y las políticas de libre comercio, y prontamente también la OTAN, dado que Juan Manuel Santos anunció el ingreso del país al organismo de cooperación militar de las potencias occidentales. ¿Los costos? La represión sistemática, los bombardeos indiscriminados, la ocupación ilegal de los territorios de naciones fronterizas, el asesinado de líderes insurgentes y civiles, los llamados “falsos positivos” (implantación de pruebas para justificar el asesinato de campesinos y la expropiación de tierras), el éxodo rural, la diáspora incesante. ¿Las secuelas? La desigualdad crónica (Colombia es el segundo país más desigual del continente, y el séptimo del planeta, según el Banco mundial), más de 800 mil víctimas de violencia sexual según 14 organizaciones de mujeres y derechos humanos (la guerra en el cuerpo), la rutinización de la violencia, la banalización de la muerte y la creación de generaciones enteras tremendamente dificultadas para su futura reinserción civil. Y sin embargo, no han faltado las tentativas de paz de parte de las insurgencias y las fuerzas populares. La más fatídica y resonante, aquella que condujo a un politicidio inédito a escala global en la década del ochenta de parte de las fuerzas del Estado. En ese entonces se aniquiló enteramente a una herramienta político-electoral construida por las guerrillas desmovilizadas (la Unión Patriótica), con un saldo de entre 3500 y 5000 mil militantes, incluidos candidatos de alto rango y representantes ejecutivos y parlamentarios.

Gustavo Petro: más que el mejor, el único

Al cierre de este artículo restan escasas horas para que comiencen los comicios presidenciales en Colombia. Allí, cinco candidatos se medirán en lo que ya se avizora como una elección que requerirá probablemente de una segunda vuelta para definir al ganador. Los favoritos indudables según todas las encuestas son Iván Duque de Centro Democrático (el partido derechista del ex-presidente Álvaro Uribe Vélez), y Gustavo Petro, ex-alcalde de Bogotá, por Colombia Humana. La candidatura de Petro es la única candidatura progresista y de izquierda que puede conquistar un balotaje, para luego intentar congregar voluntades en la polarización inducida de la segunda vuelta, y aspirar a construir una mayoría electoral que permita alcanzar la paz y la justicia social para los casi 50 millones de colombianos y colombianas.

Quién esto escribe tuvo la oportunidad de escuchar a Gustavo Petro en la ciudad de Montevideo hace tres años, en el marco del II Foro por la Paz de Colombia. Y allí el actual candidato demostró su sólida comprensión de la historia colombiana y latinoamericana, de las raíces estructurales del conflicto, y de la importancia de reencauzar electoralmente la lucha política para salir de este marasmo. El virtual naufragio de los recientes acuerdos de paz de La Habana demuestran que sólo la conquista de la maquinaria del estado por parte de las fuerzas progresistas y de izquierda podrá permitir el definitivo adiós a las armas, y que aún las vertientes de las clases dominantes menos refractarias a la paz (por su ubicación en la estructura social y sus estrategias de acumulación) carecen de la voluntad, de la aptitud y de la fortaleza para conducir dicho proceso.

Petro, símbolo de un tiempo perimido en tanto ex integrante de la guerrilla M-19, puede convertirse en símbolo del tiempo por venir como presidente de la república. “Cuando toca, toca” dijo Petro aquella vez en Montevideo, en alusión a la dramática coyuntura que lo llevó a empuñar las armas junto a miles de jóvenes colombianos, cuando todas las restantes vías de la lucha política fueron clausuradas. A los colombianos les toca ahora votar, vencer electoralmente y acabar con la guerra. Pero es preciso tener en claro que ni las clases dominantes colombianas ni sus socios imperiales estarán dispuestos a perder una de las joyas de la corona (véase sino el escandaloso fraude a Manuel López Obrador en el año 2006), pieza clave para la clausura definitiva de un ciclo de acumulación popular en la región. A nosotros, por nuestra parte, nos toca no abandonar a una nación hermana a su pavorosa soledad. Ni cien años de guerra, ni cien años de soledad. Colombia tiene la oportunidad histórica de dejar de escuchar el vallenato triste de las armas, y de conquistar definitivamente la paz, la democracia y la justicia social.

26 de Mayo de 2018


[*] Miembro de la Brigada de solidaridad internacional Jean-Jacques Dessalines en Haití.