El centro de gravedad de la geopolítica mundial: La disputa entre China y EEUU

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(Por Nicolás Canosa*)

La confrontación que organiza a las restantes

El filósofo y pensador nacional Jorge Bolívar indicaba que la tarea de comprender implica recrear las condiciones de poder que están relacionadas con el fenómeno histórico en estudio, para percibir con mayor precisión los modos de construcción y las posibilidades reales de transformación de los actores en juego (2008, p.284). En este sentido, a lo largo de este artículo, trataremos de desentrañar lo que definiremos como el centro de gravedad de la actual coyuntura geopolítica mundial.

El 2018 ha dejado en claro que la confrontación que organiza a las restantes, el “centro de gravedad” de la geopolítica mundial, es la disputa entre Estados Unidos y la República Popular China (RPCh). La misma, como insiste Gustavo Girado (director del posgrado “Estudios en China Contemporánea” de la Universidad Nacional de Lanús), se concentra en la tensión por quien lleva la delantera en el campo de la innovación científico-tecnológica (tema que abordaremos más adelante). La “guerra comercial”, en la cual se imponen aranceles a las importaciones de diferentes productos en cada país, es consecuencia de lo afirmado, y no al revés. Esto supone que, a pesar de las “treguas” pactadas en este ámbito, tal como se anunció luego de la reunión bilateral entre funcionarios de los gobiernos liderados por Xi Jinping y Donald Trump en las postrimerías del G20, la tensión perdurará y será clave para comprender los acontecimientos geopolíticos de las próximas décadas, así como para encontrar los puntos de apalancamiento desde los cuales diseñar estrategias nacionales y regionales para desarrollar una política exterior soberana desde el gobierno del Estado, en el marco de esta crisis mundial que abre amenazas, desafíos y oportunidades.

La disputa geopolítica mundial con la RPCh en la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU

La crisis mundial y la “amenaza” de la RPCh a los intereses estadounidenses se presenta de manera elocuente y sin rodeos en un documento fundamental de los EEUU: “la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos de América (ESN)” (2017, p.51), firmada en diciembre de 2017 por Donald Trump. Allí expresa los fundamentos políticos de la acción de esta potencia hacia cada región del mundo, en la cual está siempre presente la mención al país milenario. También, aparece un diagnóstico y las acciones prioritarias (políticas, económicas, militares y seguridad) que el país del Norte planifica desarrollar hacia cada espacio. Desarrollaremos con amplitud lo que nos compete como continente y haremos unas “pinceladas” sobre las otras regiones.

Haciendo una revisión integral del documento, lo que se destaca es la preocupación de Estados Unidos respecto al avance de China y Rusia como actores de peso que “modifican la balanza de poder”, lo cual implica “consecuencias globales y amenazas a los intereses de Estados Unidos” (2017, p.45). No es excepción de ello el apartado dedicado al hemisferio occidental, el cual refiere a Nuestra América, en el que se evidencia la preocupación por la influencia de la RPCh “que busca poner a la región en su órbita a través de inversiones y préstamos” y la Federación Rusa, que continua con “sus fallidas políticas de la Guerra Fría” apoyando a Cuba. Ambos países, expresa el documento de la Administración Trump, sostienen al “dictador de Venezuela, buscando expandir sus vínculos militares y venta de armas alrededor de la región” (2017, p.51).

En las acciones prioritarias del ámbito de seguridad y militar referido a nuestro continente, lo cual esclarece y ayuda a la comprensión de los acontecimientos políticos y discursos mediáticos que se desarrollan, manifiestan: “Construiremos sobre esfuerzos locales y fomentaremos: a) las culturas de legalidad para reducir el crimen y la corrupción; b) Apoyar esfuerzos locales para profesionalizar la policía y otras fuerzas de seguridad; c) reforzar la autoridad de la ley y emprender reformas judiciales; d) mejorar la información compartida para apuntar a líderes corruptos y desbaratar el tráfico ilícito” (2017, p.51).

No sorprenden, tampoco, las aseveraciones de Rex Tillerson —ex secretario de Estado de EE. UU— previo a su visita a cinco países de la región en febrero de 2018, donde planteó que su país debía revitalizar la Doctrina Monroe. No pueden ser tomadas con superficialidad, ya que muestra claramente las intenciones de consolidar el dominio de un continente riquísimo en recursos naturales claves como petróleo, litio y agua, entre tantas materias primas y alimentos que abundan en nuestros países. La realidad del interés que despiertan nuestros recursos nos obliga a pensar una estrategia para defenderlos (y más que a pensarla, nos obliga a ponerla en práctica; pero es obvio que en las actuales circunstancias la puesta en acción de una estrategia protectora de nuestros intereses es una quimera, por lo que bien conviene aprovechar para pensarla).

En el contexto de esta ardua confrontación geopolítica mundial, la coyuntura regional muestra un protagonismo de la persecución judicial a los principales liderazgos populares (Lula, Cristina, Correa, Mujica y militantes de espacios cercanos a cada uno de ellos), acompañada por el rol fundamental de los medios masivos de comunicación, generando la difamación y una condena desde la “opinión publica(da)”. Es evidente que la geoestrategia norteamericana, entendida como la “administración estratégica de los intereses geopolíticos” (Brzezinski, 1998, p.12), consiste en reasegurar esta región para las disputas del porvenir, lo cual es visible en este documento analizado como en las declaraciones de funcionarios de alto rango. Nuestro continente es un escenario de simultáneas disputas: la que es eje de este artículo entre Estados Unidos y China (y en menor medida, la Federación Rusa), sumada a la disputa histórica entre el bloque nacional-popular de cada país frente al bloque oligárquico vinculado a la oligarquía financiera con pretensiones de dominio global y los intereses de los Estados Unidos.

Continuemos repasando que dice la ESN respecto a otras zonas del globo.

En el Indo-Pacífico mencionan que “aunque Estados Unidos busca cooperar con China, China está usando incentivos y sanciones, influenciando operaciones e implícitamente amenazando militarmente para persuadir otros estados a prestar atención a su agenda política y de seguridad”. Además, alertan sobre las “aspiraciones geopolíticas” y la “campaña de rápida modernización militar para limitar el acceso de Estados Unidos a la región para tener manos más libres allí” (2017, p.46).

En Europa, por un lado, mencionan la tensión con las acciones de Rusia en Georgia y Ucrania. Respecto a China, la preocupación está relacionada con que “están ganando un punto de apoyo estratégico mediante desleales prácticas de comercio e inversiones en principales industrias, tecnologías sensibles e infraestructura” (2017, p.47). Anticipándonos a lo que se abordará en el próximo acápite, plantean “contestar al comercio desleal trabajando con nuestros socios para restringir la adquisición de tecnología sensible” (2017, p.48).

Respecto al sur y centro de Asia la ESN sostiene que van a “ayudar a las naciones ante el incremento de la influencia China en la región” (2017, p.50). Mientras que en África, la crítica es grandilocuente. Diagnosticando la gran expansión y presencia económica y militar, y su veloz crecimiento de pequeño inversor a ser el mayor socio comercial, sostienen que esto conduce a la “dominación de China mediante deudas y compromisos opacos, controlando industrias extractivas y generando corrupción de las elites”, ante lo cual, Estados Unidos postula que “busca la soberanía de los estados africanos” (2017, p.52). 

El núcleo de la disputa: la innovación científico-tecnológica

Siguiendo la ESN, el vicepresidente norteamericano, Mike Pence dio una conferencia el 4/10 en el Instituto Hudson específicamente sobre la relación con la RPCh. Son múltiples los ejes que aborda: apoyo al “dictador” en Venezuela, los acercamientos con el Vaticano, la denuncia sobre posible interferencia china en procesos electorales en 2018 –el discurso fue previo a las elecciones de medio término ocurridas en noviembre- y 2020. No nos detendremos en ellos.

El rasgo más estratégico y alarmante del discurso es la preocupación ante el programa “Hecho en China 2025”. Cito en extensión por la contundencia de lo expresado: “el Partido Comunista ha puesto la mira en controlar el 90% de las industrias más avanzadas del mundo, como la robótica, la biotecnología y la inteligencia artificial. A fin de estar en la cúspide de la economía del siglo XXI, Pekín ha dado instrucciones a sus burócratas y empresas de obtener propiedad intelectual estadounidense —la base de nuestro liderazgo económico— por todos los medios que sean necesarios”. Y continúa: “Pekín ahora exige que numerosas empresas estadounidenses entreguen sus secretos comerciales si pretenden desarrollar actividades comerciales en China. También coordina y patrocina la adquisición de empresas estadounidenses para obtener la titularidad de sus creaciones. Más grave aún, las agencias de seguridad chinas han orquestado el robo masivo de tecnología estadounidense, incluidos programas militares de tecnología de punta. Y al usar esa tecnología robada, el Partido Comunista Chino está convirtiendo arados en espadas, a escala masiva”.

Es imposible comprender esta preocupación sin contemplar la planificación estratégica de la RPCh, que repercute en una creciente escalada de: solicitud de patentes en los últimos años; producción y exportación de bienes con valor agregado; inversión del Estado en ciencia, educación y tecnología; graduados en distintas ciencias vinculadas a la innovación. Otro punto central consiste en haber logrado la transferencia tecnológica, en acuerdo con las transnacionales que, luego de la reforma y apertura de 1978 conducida por Deng Xiaoping (que por supuesto contó con la posibilidad de “apalancarse” sobre las bases políticas y la industrialización previa fruto del período liderado por Mao desde 1949), accedieron a un muy amplio mercado interno, cediendo conocimiento que luego ha sido aprovechado por el Estado. Según Girado “tanto las políticas de Ciencia y Tecnología como las industriales alentaron la adquisición y asimilación de la tecnología importada como parte de la estrategia general de la modernización tecnológica de China” (2017, p. 117). Indiscutiblemente está dando sus frutos.

Para terminar este apartado, es menester señalar un suceso ocurrido en Canadá –mientras ocurría la reunión entre Xi y Trump en Bs As- por pedido de autoridades norteamericanas, que da cuenta de que la “tregua” no es tal: la detención de Meng Wanzhou, directora financiera de Huawei e hija del fundador de la empresa, la marca china de móviles y equipos de telecomunicaciones que hoy ocupa el segundo lugar en venta de móviles. Sergéi Lavrov, ministro de asuntos exteriores de Rusia, manifestó como una “política muy arrogante e imperialista que nadie acepta”, mientras que China pidió explicaciones al embajador norteamericano y detuvo posteriormente a tres ciudadanos canadienses. Públicamente, el argumento es la supuesta violación de la empresa a las sanciones de EEUU a Irán. De fondo, es posible trazar un vínculo con lo que denominamos el “núcleo de la disputa”. Veamos que dice la página oficial de Huawei, la empresa que quiere liderar el 5G, es decir, la quinta generación de telefonía móvil:

“Al 31 de diciembre de 2015, hemos presentado 52 550 solicitudes de patentes en China y 30 613 en el exterior, de las cuales un total de 50 377 han sido otorgadas (…) Huawei ha invertido sistemáticamente más del 10 % de sus ingresos en Investigación+Desarrollo anualmente. En 2015, se contrataron aproximadamente 79 000 empleados para el área de I+D, lo que representa el 45 % de nuestra fuerza de trabajo total. Los gastos de I+D de Huawei sumaron 59 607 millones de yuanes en 2015, lo que representa el 15,1 % de los ingresos totales de la compañía. Acumulativamente, hemos gastado más de 240 000 millones de yuanes en I+D en el transcurso de la década pasada”.

La República Popular China en América Latina y el Caribe: diplomacia y despliegue comercial

Wang Yi, Ministro de Relaciones Exteriores de la RPCH, sostuvo en una entrevista en 2018 que su país ha tomado “un camino de desarrollo pacífico y cuyo éxito radica en la cooperación de ganancia compartida. Es un camino totalmente distinto a los que han recorrido las potencias tradicionales”, diferenciándose particularmente de Estados Unidos en su afirmación. En esa misma conferencia, el funcionario destacó la agenda global que tendrá el país liderado por Xi Jinping, a través del proyecto de la Nueva Ruta de la Seda y la Organización de Cooperación de Shanghai, entre otras instancias y propuestas.

Cabe destacar que la República Popular China se ha convertido en un socio comercial de gran envergadura para la región. Ocupa el primer lugar como socio comercial en Brasil y el segundo en Argentina, Venezuela, Colombia y Perú, tanto en exportaciones e importaciones, según datos de la CEPAL, que compara 2000/2013, comprobando un alza en su intercambio con todos los países (Emmerich y Ayllon en Narvaja, 2015, p.111). Además, se elevó a la categoría de asociación estratégica integral (uno de los más altos rangos en su diplomacia) mediante la firma de acuerdos con los gobiernos de Brasil, México y Perú desde 2013 y Venezuela y Argentina desde 2014 (Malena en Narvaja, 2015, p.43).

Por otro lado, un eje central de la diplomacia china consiste en la búsqueda de ampliar el reconocimiento de su política de “una sola china”, en referencia al conflicto de soberanía que mantiene con Taiwán desde 1949. En los últimos años, cada vez menos países reconocen a Taiwán como Estado (sólo 17). Una hipótesis posible es que, a medida que el atractivo económico-comercial de la RPCh crece, más países se ven tentados a romper relaciones con Taiwán para avanzar en acuerdos con la potencia asiática. Quizá eso ha sucedido con varios países de la región que han modificado esa posición en los años recientes, como Panamá, El Salvador, Rep. Dominicana y Costa Rica. Solo Paraguay por Sudamérica y ocho países entre América Central y el Caribe no reconocen a la RPCh.

En este sentido, sobresale una acción de Xi Jinping de gran peso simbólico y geopolítico, de acuerdo al significado histórico y comercial –por el canal que allí se ha creado a comienzos de siglo XX a merced de los intereses de EE.UU., luego de la balcanización de Colombia que facilitó su creación- que tiene un país del Mare Nostrum según los norteamericanos. Nos referimos al primer Estado que visita el mandatario chino al día siguiente a la finalización del G20: Panamá. A pesar de las advertencias de funcionarios como Mike Pompeo –actual Secretario de Estado- y otros de alto rango en materia comercial, el mandatario chino firmó 19 acuerdos con un país que hasta 2017 no reconocía como Estado miembro ante la ONU a la República Popular China y mantenía relaciones diplomáticas con Taiwán, las cuales rompió en junio del año mencionado. Xi manifestó que estaba con una gran “expectativa de reunirse con los dirigentes panameños, plasmar juntos el plan magno del desarrollo duradero, estable y cualitativo de las relaciones chino-panameñas, para fomentar la cooperación de ganar-ganar, promover el desarrollo compartido e incrementar el bienestar de ambos pueblos». Además, es destacable que en 2016 “la primera embarcación en cruzar el canal de Panamá luego de su ampliación sea de origen chino –Cosco- (…) claramente no es un dato al azar”. (Ramón-Berjano en Narvaja, 2018, p.50).

Durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, el apoyo a la política de “una sola China” fue explícito, así como también el acompañamiento en la causa Malvinas por parte de la RPCh. Aquí podemos hallar, salvando las diferencias históricas de ambos casos, puntos de complementación en los ámbitos diplomáticos que podrían robustecer la “Asociación Estratégica Integral” firmada entre ambos Estados en 2014, la cual desde hace tres años se ha estancado notablemente, en gran parte por las presiones norteamericanas y la política exterior de inserción subordinada a los EE.UU en materia geoestratégica por parte del gobierno argentino.

Hacia una política exterior soberana

Estamos presenciando una modificación en la balanza de poder, una disputa por el liderazgo geopolítico en las distintas regiones del mundo y un desplazamiento gradual hacia una mayor influencia de la región euroasiática. Esto abre oportunidades, amenazas y desafíos para la región latinoamericana.

Transitar esta situación con un gobierno que vapulea el interés nacional, “importa” la agenda de otros y se subordina a los intereses del sistema financiero, que es el “núcleo de los problemas del mundo” por la “primacía del capital financiero sobre el productivo”, tal como planteaba Cristina Fernández en el G20 de 2011 en Francia, exige comprometernos en trabajar por recuperar las riendas del destino de nuestra Patria, para lo cual, la comprensión de la política internacional, “la verdadera política” según Perón”, será vital.

Los desafíos y oportunidades de esta “crisis mundial” y disputa entre bloques serán solo aprovechables si partimos de una política exterior soberana, con una planificación estratégica y minuciosa respecto a las dos principales potencias emergentes, la RPCh y la Federación Rusa, con las cuales habría que retomar y profundizar las alianzas estratégicas integrales. También, hacia los países emergentes (y claro está, hacia la integración regional, lo cual tendrá fuertes obstáculos por la situación en Brasil). Coincidiendo con María del Carmen Alarcón “China no es similar al resto del mundo, por su peso demográfico, industrial y comercial. Es un país al que uno le debe dedicar muchas horas de trabajo. En la gestión, sobre todo, se debe tener un área completamente dedicada al Asia Pacífico y especialmente a China. Todavía no hemos alcanzado ese desarrollo de nuestras estructuras gubernamentales”. Tareas fundamentales en el marco de la política exterior, en función de contribuir a “desempatar” la puja histórica entre el bloque de la liberación, cuyo sujeto histórico es el pueblo, y el bloque de la dependencia, integrado por las oligarquías locales aliadas al sector financiero y los intereses norteamericanos, y así instaurar sobre bases sólidas el Proyecto de la Justicia Social y la liberación nacional y social, junto a la Patria Grande, nuestra comunidad de destino.

* Lic. en Sociología (UBA). Miembro e investigador del OCIPEx. Actualmente cursa el posgrado “especialización en estudios en China contemporánea”. (UNLa).

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